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jueves, 1 de marzo de 2012

LA INCUESTIONABLE SABIDURÍA DEL PODEROSO


El presidente de la CEOE, Juan Rosell (derecha) y Juan Luis Feito / Foto Europa Press

Están los dirigentes de la CEOE aplaudiendo con las orejas la nueva reforma laboral, que viene a otorgarles poder absoluto para hacer y deshacer a su antojo sin medida ni control, que les proporciona poder suficiente para contratar y despedir, pagar o dejar a deber, y exigir pleitesía a sus trabajadores sin que se les despeine ni una sola de las ondas del flequillo. En definitiva, que les nombra dueños y señores y les otorga prerrogativas propias de los monarcas absolutistas; sí, aquellos que acabaron con sus cabezas separadas del cuerpo después de sufrir un accidente tonto con una guillotina.
Pero como siempre ocurre, que cuando más das, más te piden, los señores de la cúpula empresarial no tienen suficiente con ejercer –una vez más- su influencia más rotunda sobre el legislador; van más allá y se proponen a sí mismos como auténticos cerebros de un nuevo cambio de legislación que les otorgue ad eternum patente de corso. Para eso son poderosos -que para algunos es sinónimo de sabiduría- y por eso su palabra pretende ser ley. Y punto.
Ya han dicho que, si por ellos fuese, un parado que rechace un puesto de trabajo “aunque sea en Laponia”, no tendría derecho a percibir una prestación.
¡Ole, ole y ole! Sí señor, como debe de ser. A ver si un señor –o señora, que no he oído hablar en esto de discriminaciones- va a tener ahora derecho a negarse a aceptar un trabajo con horario flexible –es decir; de 12 horas- con jornadas continuadas –sin descanso semanal-, con remuneración optimizada –sin pagas extraordinarias-, cobrando nada menos que un sueldazo de 800 euros.
¿Y con esas condiciones todavía no está dispuesto a coger el atillo y marcharse a Laponia? A ver dónde va a pensar que vive ese sujeto, que igual se siente un potentado y hasta hace amago de presentar su candidatura a la presidencia del órgano que representa a la patronal. ¡Faltaría más!
Para mí que es un exceso de gomina, de loción capilar o de almidón en los cuellos de las camisas, que se pasan en las dosis, y luego se les suelta la lengua sin que las palabras puedan llegar a procesarse en el cerebro.
Quien habla de parados como si fuesen delincuentes, lo más cerca que ha estado de esa situación ha sido al pasar su coche con chófer dos calles más allá de una Oficina de Empleo. Quien es capaz de mandar alegremente a un desempleado “a Laponia” no ha dejado su casa más que por viaje de placer o por cuestiones de trabajo; en el primer caso, sarna con gusto; en el segundo, acostumbra a alojarse en un cinco estrellas o en un exclusivo resort para celebrar una junta general, que suele tener poco de general y bastante más de ajunta.
Lo siguiente –está al caer; calculo que no será más allá de unos pocos días- será exigir que se implante de nuevo la famosa Ley de Vagos y Maleantes que tan buenos resultados dio a un señor con bigote, y que le permitió barrer de la calle o echar fuera de su casa a cuantos “indeseables” que amenazaban la integridad del país -¿o era nación?- con su pobreza, su identidad sexual o por dedicarse al peligrosísimo mundo de la farándula.
Pero ándense con cuidado, oigan, que a toda tortilla, para que cuaje, le llega el momento de dar la vuelta. Y quien hoy se queja de las reivindicaciones de los trabajadores puede verse muy pronto echando el cierre de su chiringuito y haciendo cola a las puertas de una oficina, junto a los que hoy ve como inmundos maleantes. Y en esas circunstancias, sobrevive mejor quien está acostumbrado a la moderación y a la cautela que quien aterriza de golpe en la precariedad procedente del abuso y del exceso.
El contrapunto del poder absoluto puede estar en la revolución –a veces también absoluta- y en ocasiones estas acabaron con alguna cabeza dentro de un cesto.

viernes, 10 de febrero de 2012

¿Y PODREMOS ELEGIR EL COLOR DEL LATIGO?

Viñeta de Forges sobre la reforma laboral / El País
Acaba de aprobarse la reforma laboral y el país parece un avispero. Las medidas aprobadas por el Gobierno han pillado por sorpresa a un hooligan inglés rezagado, que dormía la borrachera en Benidorm, y a un jubilado alemán de nombre Klaus,  cuando hacía su reserva en un hotel de Mallorca.
A uno y a otro les importa un pito lo que acaban de aprobar los ministros de Rajoy en esa reunión semanal de la que últimamente no salen más que disgustos, pero al camarero que me pone el café y al trabajador de la construcción que arregla la acera les ha sorprendido nada y menos.
A nadie que no haya pasado los últimos años en Winsconsin, o como ermitaño en el Altiplano, le extraña que el nuevo Gobierno haya sacado la tijera de podar y la haya metido hasta el fondo de los derechos laborales. Ya venía anunciando que había que hacer otro “esfuerzo” más, y el terreno lo han dado abonado patronal y sindicatos sin haber logrado un acuerdo durante meses. Tampoco hubiese servido de mucho, la decisión estaba tomada de antemano.
Desde hace un tiempo –parece una eternidad- los trabajadores han ido perdiendo derechos; no pueden enfermar sin miedo a ser despedidos, no pueden dar su opinión –ni cuando se la piden- por temor a represalias y no pueden negarse a ampliar su jornada laboral –de gratis, claro- sin ver caer la espada de Damocles sobre su cada vez más precario contrato.
Hubo un tiempo –remoto- en el que los trabajadores podían exigir el cumplimiento de sus derechos, reclamar un salario digno y hacer valer su negativa a dar su trabajo a cambio de nada; tampoco demasiado, claro, que de todos es sabidos que al que alza la voz le colocan una diana en el pecho y ¡pim, pam, pum!, leña al mono hasta que hable inglés.
Vamos, que el trabajador queda en bolas, indefenso, sin siquiera unos sindicatos con autoridad suficiente para respaldar, para hacer valer los derechos de quienes representan y organizar una oposición dura y contundente a estas medidas.
Y a todo esto, Rodrigo Rato sale diciendo que duda de que los sueldos de los políticos españoles estén a la altura. No dice a la altura de qué, pero se ve que a cada uno le duele lo suyo.
Los que sí están a la altura son los sueldos de la mayoría de los trabajadores –sin el adjetivo de políticos- de este país, pero a la altura del barro. Lo triste es que nadie hace nada en respuesta a esta vuelta de tuerca; otra vez, otra vuelta de tuerca, y otra, y las que hagan falta, que ya estamos avisados de que habrá más.
Y si giramos la cabeza, Gurtel, Garzón, Urdagarín, Grecia, las fosas del franquismo, Camps, las farmacéuticas y los hospitales, el lio del Consejo General del Poder Judicial, Spanair, Siria, la caída del Ibex, el desplome de las ventas de coches…
Como según el refranero, el que avisa no es traidor, a mí sólo me asalta una duda: ¿podremos elegir el color del látigo?
Y esta visión tiene poco de erótica –o quizás sí- y nada de festiva.
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