Hay imágenes que se traban en la memoria y regresan cuando una menos lo espera. Vuelven para refrescar los recuerdos y hacen esbozar una leve sonrisa.
Son billete de ida a un viaje en el que, la mayoría de las veces, evocamos lo mejor de cada momento.
Miro la fotografía que un amigo desempolvó de su álbum tras dos décadas de letargo y podría recordar, con los ojos cerrados, cada detalle de las 10 personas reunidas: el tono de voz, las expresiones, las manías, confesiones inconfesables entorno a una mesa.
Instintivamente busco entre mis archivos imágenes de aquella época y regresan momentos casi borrados, recuerdos a veces desvanecidos, amigos que se han ido desdibujando al mismo tiempo que el color de las fotografías.
Memoria y olvido comparten espacio mientras se ordenan fechas y nombres. De pronto, se agolpan en un ir y venir de secuencias, como fotogramas de una antigua película en blanco y negro.
Algunos ya no están. Otros regresan con fuerza tras años de ausencia.
Pueden difuminarse los rostros pero los afectos se redescubren inquebrantables, a pesar -incluso- del tiempo transcurrido. En ocasiones con mayor intensidad.
Y compruebas que el tiempo pasado no siempre fue mejor. Quedarán imágenes y emociones por descubrir.
