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jueves, 26 de abril de 2018

LA MANADA SOMOS NOSOTRAS


Cartel del Movimiento Democrático de Mujeres


La sentencia de la Audiencia de Navarra contra los cinco de “La Manada” me encoge las entrañas. Los jueces -dos hombres y una mujer- concluyen que no hubo delito de violación a una joven durante los Sanfermines de 2016, sino uno de abuso sexual, continuado, eso sí, y condena a los acusados a nueve años de prisión. Ese es el dictamen de la justicia.

La lectura que hacemos las mujeres no necesita las más de 300 páginas del sumario; es mucho más sencilla: si eres mujer estás jodida.

Por no haber nacido varones se nos critica, que nos juzga, se nos menosprecia, se nos infravalora, se nos pagan salarios más bajos, se nos somete a la tiranía de la juventud y belleza eternas, se nos relega a puestos inferiores y además, cuando a uno o a varios individuos se les antoja, se nos viola. Y después de luchar denodadamente por recuperar la autoestima, por conseguir salarios dignos, de revelarse contra estereotipos machistas, de trabajar por conseguir el respeto y la igualdad; después de eso, aparece una sentencia como la de “La Manada” y nos jode.

Nos jode porque nos dice que si nos divertimos, si conversamos con hombres, incluso si intimamos con ellos, estamos abriendo la puerta para que abusen de nosotras con total impunidad. Porque para que unos jueces determinen que ha habido violación hemos tenido que ser “pudorosas”, no vestir con ropa ceñida, ni faldas cortas, ni maquillaje, ni tacones, decir muchas veces NO, con muchos testigos, pelear y gritar como si nos arrancasen la vida. Y si hay suerte, y el agresor no nos mata, quizás entonces consideren que tenemos un mínimo derecho a la justicia. 

Tenemos que sentir dolor, mucho dolor, y expresar públicamente nuestro terrible sufrimiento para que todo el mundo se entere, y después encerrarnos para expiar nuestras culpas; que no se nos vuelva a ver sonreír, que no se nos vuelva a ver, porque algo habremos hecho para merecerlo.

Y la institución que debía protegernos, nos abandona. Nos arrebata nuestra condición de víctimas y nos convierte en busconas. Y nos jode de nuevo.

La Fiscalía de la Audiencia Provincial de Navarra pedía para cada uno de los cinco acusados 22 años de prisión, por considerarles autores de un delito de agresión sexual y han sido necesarios cinco meses de deliberaciones para que unos sesudos jueces hayan decidido que se trató “simplemente” de abusos. Y sin darse cuenta -o tal vez sí- han cometido un atentado contra las mujeres. Contra todas, porque nos exponen como mercancía en un burdel.

Millones de mujeres clamamos hoy contra esa sentencia y gritamos hasta rompernos la garganta y los puños. No podemos permitir que también la Justicia nos joda. No debemos consentir que se nos considere un objeto al servicio de un pene ni que se nos arrebaten nuestros derechos.

Hoy somos más feministas, tenemos más rabia, gritamos más alto y luchamos con más dignidad. Nos van a tener donde no quieren. #LaManadaSomosNosotras


lunes, 7 de agosto de 2017

UNA VENUS EN LA PLAYA

Una Venus rubia en la playa



La playa es un lugar estupendo para pasar el día sin aburrirse. No son necesarios libros ni periódicos, ni una tablet, ni siquiera un teléfono móvil. Observar el paisaje, pero sobre todo atender al paisanaje, es suficiente para mantenerse al día de lo que ocurre en Nueva York, Tokio o en el tercero B de la primera calle perpendicular al paseo marítimo, empezando por la izquierda.


Si dos o más personas se instalan a menos de cinco o seis metros de donde te encuentras, la diversión está asegurada. Hay gente que aporta más datos que los servicios informativos de cualquier canal de televisión.


La playa es el lugar perfecto para comprobar la imperfección del mundo en general y de los cuerpos en particular. Entre bañistas, caminantes y curiosos se conforma a diario una gran pasarela de tipos cotidianos y peculiares, un desfile genial de personajes que pasean sus logros, sus inquietudes y sus anhelos con la desinhibición que alientan el sol y el relax.


Y en medio de esa relajación hace acto de presencia una ninfa, una Venus emergiendo de las aguas para turbar el descanso de los varones y atraer las miradas recelosas de algunas mujeres.


Una diosa rubia con el pelo recogido en un moño alto, los ojos más azules que el mar que le moja los pies, pestañas larguísimas y el rostro perfecto, con una piel lisa, ligeramente dorada y una sonrisa de dientes blancos brillantes, como recién salidos de un anuncio. Los labios carnosos, adornados con un rojo encendido, más subido que el rubor que toca las mejillas.


El cuello… el cuello es perfecto, largo y esbelto, con un pequeño lunar justo debajo del lóbulo de la oreja derecha, una oreja pequeña sobre la que cae un mechón de ese pelo trigueño que se desliza levemente recorriendo la nuca. Y en la nuca, anudado el sujetador de un minúsculo bikini que, caprichos del azar -o no- , oculta los pezones de sus pechos generosos con dos grandes hojas verdes sobre fondo blanco.


Los brazos largos y sus manos de dedos finos estilizan aún más su ya esbelta figura.


Los abdominales, apenas marcados, y el ombligo, redondito y hundido, resaltan en un vientre sin un gramo de grasa, sin atisbo de excesos. Y cinco dedos por debajo, otra hoja verde sobre fondo blanco conforma el tanga mínimo con el que se pasea por la orilla. Los glúteos perfectamente trabajados, redondos y apretados, anuncian unas piernas delgadas y gráciles.


Una ninfa, una diosa casi perfecta.


Casi, porque con tal porte, con semejantes tetas y culo ¿quién ha desviado la mirada hasta identificar la magnitud de sus juanetes?


Pues los tiene. Y torcidos los dedos índice y corazón. En definitiva, un cuerpo perfecto pero unos pies horribles.


La mujer que pasa junto a ella esboza una leve sonrisa. ¡Qué le vamos a hacer; no se puede tener todo!


Por cierto, ¿alguien sabe por qué los pies tienen que ser –casi- siempre tan feos?
 
 
 
 
 
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