Entre 80 y 300 japoneses llevan casi una semana sometidos a altísimas dosis de radiación en la central nuclear de Fukushima, en un intento desesperado de evitar un desastre aún mayor que el causado por el terremoto y el tsunami que hace ocho días estremecieron al mundo.
Dicen que su entrega es un ejemplo del “yamato-damashii”, del espíritu japonés que, en medio de una serie de desgracias difícilmente digeribles, ha permitido que esperen imperturbables durante horas para alimentar sus vehículos con unos cuantos litros de combustible. Ni un incidente.
Personajes anónimos, sin rostro, luchan ahora por impedir que la fuga radiactiva se extienda, conscientes de que su empeño no logrará esquivar su trágica suerte. Jubilados y de edad avanzada, sacrifican su incierto futuro por la certeza de un desenlace fatal.
Hoy batallan con un enemigo invisible, que no indetectable, que se infiltra silenciosamente hasta la descomposición.
Mañana erigirán un monolito en su memoria.

